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  EL PRAGMATISMO

PRAGMATISMO

Pragmatism (del inglés pragmatism); sust. m. Tendencia filosófica según la cual el único criterio de validez de cualquier teoría científica, ética o religiosa debe basarse en los efectos prácticos de la misma: el pragmatismo ha sido una de las tendencias más discutidas en el ámbito de la filosofía de la ciencia actual.

Filosofía. Pragmatismo

        El término "pragmatismo" fue introducido en la filosofía por Charles Sanders Peirce, quien fue el primero en dar una idea de en qué consistía el método pragmático, en sendos artículos publicados en 1877 y 1878. William James, al dar su propia versión de este método, remitió a uno de esos artículos de Peirce y, por su cuenta, conectó el significado del término pragmatism con el vocablo griego pragma ("acción"). John Dewey vinculó tanto el origen del nombre cuanto el contenido del método con Kant, en cuya obra habría aprendido Peirce filosofía. Dewey, contra los que pensaban que el método pragmático era rigurosamente americano, lo derivó de la distinción kantiana entre práctico (referente a las leyes morales a priori) y pragmático (concerniente a las reglas del arte y de la técnica, derivadas de la experiencia y aplicables a ella).
        No obstante esta referencia a la filosofía kantiana, el movimiento filosófico, o grupo de corrientes filosóficas, llamadas "pragmatistas" se han desarrollado sobre todo en Estados Unidos y en Inglaterra, y constituyen la primera contribución original de los Estados Unidos de América a la filosofía occidental.

Esta es la reproducción de un estudio de dominio público, con algunos cambios de puntuación tácita, provisto por Phyllis Chiasson. Como la práctica académica tradicional es aludir a los pasajes en este artículo con referencia a los números de párrafo en la versión que aparece en los Collected Papers de Charles Sanders Peirce, Vol. 5 (Harvard University Press) estos números de párrafo se han interpolado aquí y aparecen entre corchetes.

Este es el primero de una serie de tres papers. El segundo es "Cuestiones de Pragmaticismo", que apareció en el mismo volumen de The Monist, pp. 481-499, y el tercero es "Prolegómenos a una Apología del Pragmaticismo", que apareció en 1906 en el Volumen 16, pp. 492-546. Estos se han reproducido también en los Collected Papers, en los Vols. 5 y 4 respectivamente.

Por su vasta experiencia, el autor de este artículo ha llegado a creer que cada físico y cada químico y, en pocas palabras, cada maestro de cualquier departamento de ciencia experimental, ha llegado a moldear su mente de acuerdo a su vida en el laboratorio hasta un grado que es poco sospechado. El experimentalista mismo, con dificultades estará plenamente consciente de ello, debido a que los hombres cuyo intelecto realmente conoce son muy parecidos a sí mismo en este respecto. Nunca llegará a interiorizarse íntimamente con intelectos con entrenamiento grandemente diferentes al suyo, cuya educación ha sido mayoritariamente obtenida a través de libros, aunque llegue a mantener relaciones familiares con ellos; porque él y ellos son como el agua y el aceite, y aunque se revuelvan, es notable la rapidez con que vuelven a sus distintos modos de pensamiento, sin haber obtenido más que una muy sutil ganancia de la asociación. Si esos otros hombres pudiesen sondear con habilidad la mente del experimentalista –que es precisamente aquello para lo que no están capacitados, en su mayoría– pronto descubrirían que, exceptuando quizá aquellos tópicos en que su mente se deja llevar por sus sentimientos personales o por la forma en que fue criado, su disposición apunta a pensar acerca de todo del mismo modo en que se piensa todo en el laboratorio, es decir, como una cuestión de experimentación. Por supuesto, ninguna persona viviente posee por completo las características de su tipo: no es el doctor típico a quien veremos pasar cada día en su coche, ni es el pedagogo típico a quien encontraremos en la primera sala a la que entremos. Pero cuando se ha encontrado, o idealmente construido sobre la base de la observación, al típico experimentalista, se hallará que cualquier aseveración que se le pueda hacer, él la entenderá ya sea como significando que si una prescripción para un experimento alguna vez puede ser y alguna vez es llevada a cabo como acto, resultará una experiencia de una prescripción dada,  o de otro modo él no encontrará en lo absoluto sentido alguno a lo que se le dice. Si se le habla como Mr. Balfour habló no hace mucho a la Asociación Británica, diciendo que "el físico busca algo más profundo que las leyes que conectan los objetos de la experiencia plausibles", que "su objeto es la realidad física" no revelada en los experimentos, y que la existencia de tal realidad no experiencial "es la inalterable fe de la ciencia", frente a todo ese significado ontológico se encontrará que la mente del experimentalista está ciega al color. Lo que se añade a esa seguridad en esto, que el escritor debe a sus conversaciones con los experimentalistas, es que casi se podría decir que él mismo ha habitado en un laboratorio desde la edad de seis años hasta muy pasada la madurez; y habiéndose relacionado toda su vida con los investigadores mayormente,  ello ha sido siempre con una confiable sensación de comprenderlos y de ser comprendido por ellos.     

 

Esa vida en el laboratorio no impidió al escritor (quien aquí y en lo que sigue simplemente ejemplifica el tipo del experimentalista) llegar a interesarse en los métodos del pensar; y cuando llegó a leer metafísica, aunque mucho de ello le pareció ampliamente razonado y determinado por pre-posesiones accidentales,  aún en los escritos de algunos filósofos, especialmente Kant, Berkeley y Spinoza, a veces encontró esfuerzos en el pensamiento que recordaban los modos de pensar del laboratorio, de manera que sentía que podía confiar en ellos; todo lo cual se ha demostrado también cierto en otros hombres de laboratorio.

 

Intentando, como haría naturalmente un hombre de ese tipo, formular lo que así aprobó, estructuró la teoría de que una concepción, es decir, la racional pretensión de significar de una palabra u otra expresión, yace exclusivamente en su presencia concebible sobre la conducta de vida; de manera que, como obviamente nada que no pueda ser el resultado de un experimento puede tener una presencia directa sobre la conducta, si uno puede definir con precisión todos los fenómenos experimentales concebibles que la afirmación o negación de un concepto pueda implicar, se tendrá por consiguiente una completa definición del concepto, y no hay absolutamente nada más en ello. Para esta doctrina él inventó el nombre pragmatismo. Algunos de sus amigos querían que la llamara practicismo o practicalismo (tal vez sobre la base de que praktikos es mejor griego que pragmatikos). Pero para alguien que había aprendido filosofía a través de Kant, como el escritor lo había hecho, junto con diecinueve de cada veinte investigadores que se habían volcado hacia la filosofía, y quien aún pensaba en términos Kantianos primordialmente, praktisch y pragmatisch estaban tan alejados como los dos polos, situando al primero en una región en que la mente de ningún tipo de experimentalista encontrará terreno firme bajo sus pies, y al último como la expresión de una relación con propósitos humanos precisos. Por otra parte, una de las más impactantes características de la nueva teoría fue su reconocimiento de una inseparable relación entre cognición racional y propósito racional; y esa consideración fue la que determinó la preferencia por el nombre pragmatismo.

En cuanto al tema de la nomenclatura filosófica, hay unas pocas consideraciones simples que durante muchos años el escritor ha querido someter al juicio deliberado de aquellos pocos compañeros estudiantes de filosofía que deploran el actual estado en que se encuentran esos estudios y que se han hecho el propósito de rescatarla de allí y traerla a una condición similar a la que presentan las ciencias naturales, en que los investigadores, en lugar de condenar cada trabajo hecho por los demás como si estuviera mal conducido de principio a fin, cooperan, se apoyan sobre los hombros unos con otros y multiplican los resultados indiscutibles; donde cada observación es repetida, y las observaciones aisladas son menores; donde cada hipótesis que merece la atención es sometida a severo pero justo examen, y solo cuando las predicciones hacia las que conduce han sido notablemente probadas por la experiencia son dignas de confianza, y aún entonces, sólo en forma provisoria; allí donde raras veces se da se da un paso radicalmente en falso, hasta las más imperfectas de aquellas teorías que adquieren una amplia credibilidad como verdaderas en sus principales predicciones experienciales.  A aquellos estudiantes se propone la idea de que ningún estudio puede llegar a ser científico en el sentido descrito, hasta que se le provee con una apropiada nomenclatura técnica, en que cada término tiene un solo significado específico universalmente aceptado por los estudiosos del tema, y cuyos vocablos no tengan la dulzura ni el encanto que pudiera tentar a los escritores a abusar de ellos, –lo que es una virtud de la nomenclatura científica demasiado poco apreciada. Se propone que la experiencia de esas ciencias que han conquistado las mayores dificultades de terminología, que son incuestionablemente las ciencias taxonómicas, la química, la mineralogía, la botánica, la zoología,  ha demostrado sin lugar a dudas que el único y exclusivo modo en que se puede lograr la unanimidad requerida y las rupturas requeridas con los hábitos y preferencias individuales está hecho así para dar forma a los cánones de la terminología, que ganarán el apoyo del principio moral y del sentido de decencia de todo hombre; y que, en particular (bajo precisas restricciones), existirá el sentimiento general de que todo aquél que introduzca una nueva concepción en la filosofía está bajo la obligación de inventar términos aceptables para expresarla, y que cuando lo haya hecho, el deber de sus pares es aceptar esos términos, y de expresar su molestia ante cualquier uso torcido de sus significados originales, no solo por considerarse una grosera descortesía hacia aquel a quien la filosofía le ha quedado en deuda por cada concepción, sino también como un perjuicio a la filosofía misma; y además, que cuando una concepción ha sido provista con las palabras apropiadas y suficientes para su expresión, ningún otro término técnico que denote las mismas cosas, considerado en las mismas relaciones, debería ser aceptado. Si esta sugerencia encontrase aceptación,  podría estimarse necesario que los filósofos reunidos en congreso adoptasen, luego de la debida deliberación, los cánones convenientes para delimitar la aplicación del principio. Así, tal como se hace en la química, podría ser sensato asignarle significados fijos a ciertos prefijos y sufijos. Por ejemplo, podemos concordar, tal vez, en que el prefijo prope- debería marcar una amplia y más bien indefinida extensión del significado del término al cual se prefijó; el nombre de una doctrina terminaría naturalmente en -ismo, en tanto -icismo podría marcar una acepción más estrictamente definida de esa doctrina, etc. Por otra parte, tal como en la biología no se toman en cuenta los términos anteriores a Linnaeus, así también en la filosofía sería mejor no llegar más atrás de la terminología escolástica. Para ilustrar otra suerte de limitación, probablemente nunca ocurrió que algún filósofo haya intentado dar un nombre general a su doctrina sin que éste haya adquirido, en el uso filosófico común, una significación mucho más amplia que la propuesta originalmente. Así, unos sistemas especiales llevan el nombre de kantianismo, benthamismo, comteanismo, spencerianismo, etc., mientras que trascendentalismo, utilitarismo, positivismo, evolucionismo, filosofía sintética, etc., se han elevado irrevocable y muy convenientemente a dominios más amplios.                                                

 

Después de aguardar en vano, durante una buena cantidad de años, una conjunción de circunstancias particularmente oportunas que pudieran servir para recomendar sus nociones de la ética de la terminología, el escritor ha podido ahora, por fin, sacárselas por sobre su cabeza y hombros, en una ocasión en que no tiene ninguna propuesta específica que hacer ni sentimiento alguno que no sea satisfacción por el curso que ha tomado el uso, sin canon alguno ni resoluciones de un congreso. Su palabra "pragmatismo" ha logrado reconocimiento general en un sentido generalizado que pareciera presentar el poder del crecimiento y la vitalidad. El afamado psicólogo, James, lo tomó primero, viendo que su "empiricismo radical" respondía sustancialmente a la definición de pragmatismo del escritor, aunque con una cierta diferencia en el punto de vista. Luego, el admirablemente claro y brillante pensador, Sr. Ferdinand C. S. Schiller, buscando un nombre más atractivo para el "antropomorfismo" de su Enigma de la Esfinge, se iluminó, en el más notable estudio sobre su Sobre Axiomas como Postulados, con la misma designación "pragmatismo", que en su sentido original estaba en concordancia genérica con su propia doctrina, para la que desde entonces ha encontrado la especificación más apropiada de "humanismo", pero reteniendo aún "pragmatismo" en un sentido algo más amplio. Hasta aquí todo transcurría felizmente, pero en la actualidad se empieza ocasionalmente a encontrar la palabra en los periódicos literarios, donde se abusa de ella del modo impío que las palabras deben esperar cuando caen en las garras literarias. A veces los modales de los británicos han eflorecido como regaños ante la palabra por estar mal elegida–mal elegida, esto es, para expresar algún significado que debía más bien excluir. De modo que, el escritor, encontrando su dichoso "pragmatismo" tan promovido, siente que ya es tiempo de dar a su criatura un beso de despedida y permitirle ascender hacia su más elevado destino; pero para servir al preciso propósito de expresar la definición original, ruega anunciar el nacimiento de la palabra "pragmaticismo", que es lo suficientemente fea como para ponerla a salvo de los secuestradores <1>.

 

 A pesar de lo mucho que el escritor ha ganado de la atenta lectura de lo que otros pragmatistas han escrito, aún piensa que hay una ventaja decisiva en su concepción original de la doctrina. Desde esta forma original se puede deducir toda verdad que siga de cualesquiera otras formas, y al mismo tiempo se pueden evitar algunos errores en que han caído otros pragmatistas. La vista original aparece, también, ser una concepción más compacta y unitaria que las otras. Pero su mayor mérito, a los ojos del escritor, es que ella se conecta más prontamente con una prueba crítica de su verdad. Muy de acuerdo con el orden lógico de la investigación, generalmente sucede que uno primero formula una hipótesis que parece más y más razonable mientras más se la examina, pero que solo mucho más tarde se ve coronado con una prueba adecuada. Habiendo tenido la teoría pragmatista bajo consideración durante muchos años más que la mayoría de sus adherentes, el presente escritor le habrá dado naturalmente mucha mayor consideración a su prueba. De todos modos, tratando de explicar el pragmatismo, se le podrá excusar el hecho de apegarse a aquella forma que conoce mejor. En el presente artículo habrá espacio solo para explicar únicamente en lo que esta doctrina (que en manos como las que ha caído ahora puede jugar un rol muy prominente en la discusión filosófica en los próximos años) realmente consiste. Si la exposición fuese de real interés para los lectores de The Monist, de seguro estarán mucho más interesados en un segundo artículo que les dará algunos ejemplos de las múltiples aplicaciones del pragmaticismo (suponiéndolo verdadero) a la solución de diversas clases de problemas. Después de eso, los lectores podrían estar preparados para interesarse en una prueba de que la doctrina es verdadera, una prueba que le parece al escritor que no deja duda razonable sobre la materia, y que es la gran contribución de valor que tiene que hacer a la filosofía. Puesto que ella involucraría esencialmente el establecimiento de la verdad del sinequismo.

 

La definición de pragmaticismo por sí sola podría no llevar una comprensión satisfactoria de ello a las más aprensiva de las mentes, sino que requiere que se entregue el comentario abajo. Más aún, esta definición no toma en cuenta una o dos doctrinas  sin cuya previa aceptación (o aceptación virtual) el pragmatismo mismo sería una nulidad. Están incluidas como parte del pragmatismo de Schiller, pero el presente escritor prefiere no mezclar proposiciones diferentes. Habría sido mejor declarar las proposiciones preliminares en el acto.

 

La dificultad para hacer esto radica en el hecho de que nunca se ha confeccionado una lista formal de ellas. Todas podrían estar incluidas bajo la vaga máxima "Desechar las fantasías". Los filósofos de muy diversas tendencias proponen que la filosofía debe establecer su punto de partida desde uno u otro estado mental en que ningún hombre, y menos los principiantes en filosofía, se encuentra realmente. Uno propone que se debe comenzar por dudar de todo, y dice que hay una sola cosa que no se puede dudar, como si dudar fuera "tan fácil como mentir". Otro propone que deberíamos comenzar por observar "las primeras impresiones del sentido", olvidando que nuestros perceptos mismos son el resultado de la elaboración cognitiva. Pero en verdad no hay sino un estado mental desde el que se puede "explicar", o sea, el preciso estado mental en el que uno en realidad se encuentra al momento de "explicar" – un estado en que se está cargado con una masa inmensa de cognición ya formada, de la cual uno no puede despojarse si lo estuviera; ¿y quién sabe si, si se pudiera, uno no habría hecho imposible todo conocimiento para uno mismo? ¿Llama usted dudar al escribir en un pedazo de papel que usted duda? Si es así, la duda no tiene nada que ver con ningún quehacer serio. Pero no finja; si la pedantería no se ha comido toda la realidad en usted, reconozca, como es debido, que hay mucho en lo que usted no duda ni en lo más mínimo. Ahora, aquello que usted no duda en absoluto, usted debe, y lo hace, mirarlo como una verdad absoluta, infalible. Aquí irrumpe el Sr. Fingimiento: "¡Qué! ¿Quiere usted decir que uno tiene que creer lo que no es verdad, o lo que un hombre no duda es ipso facto verdad?". No, pero a menos que pueda hacer algo que sea blanco y negro al mismo tiempo, él tiene que mirar lo que no duda como verdad absoluta. Ahora usted, hipotéticamente, es ese hombre, "Pero usted me dice que hay veintenas de cosas que yo no dudo. No puedo convencerme que no haya alguna de ellas acerca de la cual yo esté equivocado". Usted está aduciendo una de sus realidades fingidas,  la que, aún si estuviera establecida, iría solo a mostrar que la duda tiene un límite, es decir, solo es llamada a la existencia por un cierto estímulo finito. Uno solamente se confunde a sí mismo al hablar de esta "verdad" metafísica y "falsedad" metafísica de la que no se sabe nada. Todo aquello con lo uno trata son sus dudas y creencias <2>, con el curso de la vida que fuerza nuevas creencias en uno y le da poder para dudar de las viejas creencias. Si sus términos "verdad" y "falsedad" se toman en sentidos tales que puedan ser definibles en términos de duda y creencia y el curso de la experiencia (como serían, por ejemplo, si se fuera a definir la "verdad" como una creencia hacia la que la creencia tendería si hubiera de tender indefinidamente hacia la estabilidad absoluta), pues muy bien: en ese caso solo se está hablando de duda y creencia. Pero si por verdad y falsedad se quiere significar algo no definible en términos de duda y creencia, entonces se está hablando de entidades de cuya existencia nada se puede saber, y a las que la navaja de Ockham afeitaría al ras. Los problemas se simplificarían grandemente si, en lugar de decir que se quiere saber la "Verdad", simplemente se dijera que se quiere alcanzar un estado de creencia inatacable por la duda.

La creencia no es una modalidad momentánea de la conciencia; es un hábito mental esencialmente permanente por algún tiempo, y mayormente (al menos) inconsciente; y como otros hábitos, perfectamente (hasta que se encuentra con alguna sorpresa que comienza su disolución),  se satisface a sí mismo. La duda es de un género completamente contrario. No es un hábito, sino la privación del hábito. Una privación del hábito, en tanto,  para poder ser realmente alguna cosa, debe ser una condición de actividad errática que de algún modo debe llegar a ser reemplazada por un hábito.

Entre aquellas cosas que el lector, como persona racional, no duda, está el que él no solo tiene hábitos, sino que también puede ejercer una medida de auto control sobre sus futuras acciones; lo que no significa, sin embargo, que les pueda impartir cualquier carácter asignable arbitrariamente, sino, al contrario, que un proceso de auto preparación tenderá a impartir a la acción (cuando surja la ocasión para ello), un carácter fijo, lo que está indicado y tal vez medido groseramente por la ausencia (o levedad) del sentimiento de auto crítica, cuya subsecuente reflexión inducirá. Ahora, esta subsecuente reflexión es parte de la auto preparación para la acción en la siguiente ocasión. Consecuentemente, hay una tendencia, en tanto la acción se repite una y otra vez, a que la acción se aproxime indefinidamente hacia la perfección de ese carácter fijo, que estará marcado por la total ausencia de auto crítica. Mientras más cerca se aproxima a esto, menos espacio habrá para el auto control; y donde no haya posibilidad de auto control, no habrá auto crítica.

 

Estos fenómenos parecen ser la característica fundamental que distingue a un ser racional. La culpa, en cada caso, aparece como una modificación, frecuentemente lograda por una transferencia o "proyección" del sentimiento primario de auto crítica. Consecuentemente, nunca culpamos a alguien por aquello que está fuera de su poder de auto control previo. Así, el pensar es una especie de conducta que está grandemente sujeta al auto control. En todas sus características (que no tenemos espacio para describir aquí), el auto control lógico es un perfecto espejo del auto control ético,–a menos que sea más bien una especie bajo ese género. De acuerdo a esto, lo que no se puede evitar creer ni mucho menos, no es, hablando con justicia, una creencia errónea. En otras palabras, para uno es la verdad absoluta. La verdad, se puede concebir que lo que uno no puede evitar creer hoy, lo puede descreer completamente mañana. Pero hay además una cierta distinción entre las cosas que "no se pueden" hacer, meramente en el sentido de que nada lo estimula a uno a realizar el gran esfuerzo y los intentos que serían requeridos, y las cosas que no se pueden hacer porque por su propia naturaleza  ellas no  propenden a ser puestas en práctica. In cada estado de sus excogitaciones hay algo de lo que solo se puede decir "no puedo pensar de otra manera", y su hipótesis, basada en la experiencia, es que la imposibilidad es de la segunda clase.

 

No hay razón alguna por la que el "pensamiento", en lo que se acaba de decir, debería tomarse en ese restringido sentido en el que el silencio y la oscuridad son favorables al pensamiento. Debería ser entendido más bien como cubriendo toda vida racional, de modo que un experimento será una operación del pensamiento. Por supuesto, el máximo estado de hábito hacia el que la acción de auto control tiende últimamente, donde no queda espacio par mayores auto controles, es, en el caso del pensamiento, el estado de creencia fija o conocimiento perfect

Dos cosas aquí son de la máxima importancia para tener plena seguridad y para recordar. La primera es que una persona no es absolutamente un individuo. Sus pensamientos son lo que se está "diciendo a sí mismo", es decir, está diciendo a ese otro yo que está emergiendo a la vida con el correr del tiempo. Cuando se razona, es a ese yo crítico a quien se está tratando de persuadir; y todo pensamiento cualquiera  es un signo, y es principalmente de naturaleza lingüística. La segunda cosa a recordar es que el círculo de la sociedad del hombre (no importa cuán ampliamente pueda entenderse esta frase), es una suerte de persona flojamente compactada, en algunos aspectos con un rango más alto que la persona de un organismo individual. Son estas dos cosas solamente las que le hacen posible a uno –pero solo en lo abstracto, y en un sentido pickwickiano– distinguir entre verdad absoluta y lo que no se duda.

 

Apresurémonos a la exposición del pragmaticismo mismo. Aquí será conveniente imaginar que alguien para quien la doctrina es nueva, pero con una capacidad más bien sobrenatural, hace preguntas a un pragmaticista. Todo lo que pueda dar una ilusión dramática debe ser eliminado, de modo que el resultado sea una suerte de cruza entre un diálogo y un catecismo, pero bastante más de lo último, –algo más bien dolorosamente reminiscente de las Preguntas Históricas de Mangnall.

 

Entrevistador: Estoy  muy sorprendido por su definición de su pragmatismo, porque solo el año pasado me aseguró una persona por sobre toda sospecha de distorsionar la verdad –pragmatista él mismo– que su doctrina precisamente era "que una concepción debe probarse por sus efectos prácticos". Seguramente, entonces, usted debe haber cambiado por completo su definición muy recientemente.

 

Pragmatista: Si usted revisa los Vols. VI y VII de la Revue Philosophique, o la Popular Science Monthly de noviembre de 1877 y enero de 1878, podrá juzgar por sí mismo si la interpretación que menciona no quedó claramente excluida entonces. Las palabras exactas de la enunciación inglesa (reemplazando solamente la primera persona por la segunda), fue: "Considere qué efectos que puedan concebiblemente tener aspectos prácticos concibe usted que pueda tener el objeto de su concepción. Luego su concepción de esos efectos es la TOTALIDAD de su concepción del objeto".

 

Entrevistador: Bien, ¿qué razón tiene usted para aseverar que esto es así?

 

Pragmatista: Eso es lo que especialmente quiero decirle. Pero es mejor que se posponga la cuestión hasta que usted entienda claramente lo que esas razones profesan probar.

 

Entrevistador: ¿Entonces cuál es la raison d’être de la doctrina? ¿Qué ventaja se espera de ella?

 

Pragmatista: Servirá el mostrar que casi toda proposición de metafísica ontológica o es un  galimatías sin sentido –una palabra definida por otras palabras, y éstas por otras más, sin que se alcance alguna vez una concepción real–, o es derechamente absurdo; de modo que una vez barrida toda esa basura, lo que quedará de la filosofía será una serie de problemas que pueden ser investigados por los métodos de observación de las ciencias verdaderas– acerca de las cuales se puede alcanzar la verdad sin esos interminables malentendidos y disputas que han hecho de las alturas de las ciencias positivas un mero divertimento para intelectos ociosos, una suerte de ajedrez –su propósito el placer del ocio y su método la lectura de un libro. En este aspecto, el pragmaticismo es una especie de prope-positivismo. Pero lo que lo distingue de otras especies es, primero, su retención de una filosofía purificada; segundo, su total aceptación del cuerpo principal de nuestras creencias instintivas; y tercero, su persistente insistencia en la verdad del realismo escolástico (o una cercana aproximación a ello, bien establecida por el difunto Dr. Francis Ellingwood Abbot en la Introducción de su Teísmo Científico). Entonces, en vez de meramente mofarse de la metafísica, como otros prope-positivistas, ya mediante largas y dilatadas parodias o de otras maneras, el pragmaticismo extrae de ella una esencia bastante considerable que servirá para dar vida y luz a la cosmología y a la física. Al mismo tiempo, las aplicaciones morales de la doctrina son positivas y potentes; y tiene muchos otros usos que no son fácilmente clasificables. En otra ocasión se podrán dar instancias para mostrar que realmente tiene estos efectos.

 

Entrevistador: Difícilmente necesito ser convencido de que su doctrina destruiría a la metafísica. ¿No es tan obvio que debe barrer con cada proposición de la ciencia y todo lo que apunta hacia la conducta de la vida? Porque usted dice que el único significado que, para usted, tiene cualquier aserto es que un cierto experimento ha resultado de una cierta manera: Nada más sino un experimento entra en el significado. Dígame, entonces, ¿cómo puede un experimento, en sí mismo,  revelar algo más que el hecho de que algo le ocurrió a un objeto individual y que subsecuentemente ocurrió algún otro acontecimiento individual?

 

Pragmatista: Esa pregunta es, en verdad, al propósito –siendo el propósito corregir cualquier equívoco del pragmaticismo. Usted habla de un experimento en sí mismo, enfatizando "en sí mismo". Evidente usted piensa en cada experimento como aislado de todos los otros. Usted no ha pensado, por ejemplo, que uno podría atreverse a conjeturar que cada serie de experimentos constituye un único experimento colectivo. ¿Cuáles son los ingredientes esenciales de un experimento? Primero, por supuesto, un experimentador de carne y hueso. Segundo, una hipótesis verificable. Esta es una proposición que se relaciona con el universo que sirve de ambiente al experimentador o con alguna parte bien conocida de ello y afirmando o negando de esto solo alguna posibilidad o imposibilidad experimental. El tercer ingrediente indispensable es una duda sincera en la mente del experimentador en cuanto a la verdad de esa hipótesis. Pasando sobre varios ingredientes en los que no necesitamos detenernos, el propósito, el plan, y la resolución, llegamos al acto de elección por el cual el experimentador individualiza ciertos objetos identificables sobre los que se operará. Lo siguiente es el acto externo (o quasi-externo) por medio del cual él modifica esos objetos. En seguida viene la subsiguiente reacción del mundo sobre el experimentador en una percepción; y finalmente,  su reconocimiento de la enseñanza del experimento. Aunque las dos principales partes del evento mismo son la acción y la reacción, la unidad de esencia del experimento descansa en su propósito y plan, los ingredientes por sobre los que se pasó en la enumeración.

 

 

Otra cosa: al representar al pragmaticismo como el hacer que el significado racional consista en un experimento (del cual usted habla como un evento en el pasado), usted falla sorprendentemente en captar su actitud mental.

En verdad, se dice que el significado racional no consiste en un experimento, sino en los fenómenos experimentales. Cuando un experimentalista habla de un fenómeno, tal como el "fenómeno de Hall", el "fenómeno de Zeeman" y su modificación, el "fenómeno de Michelson" o el "fenómeno del tablero de ajedrez", no se refiere a ningún evento particular que le ocurrió a alguien en un pasado ya enterrado, sino lo que con toda seguridad le ocurrirá en el futuro vivo a cualquier persona que cumpla con ciertas condiciones. El fenómeno consiste en el hecho de que cuando un experimentalista llegue a actuar de acuerdo a un cierto esquema que tiene en mente, entonces algo más ocurrirá y destruirá las dudas de los escépticos, como el fuego celestial sobre el altar de Elías.

 

Y no se mire en menos el hecho de que la máxima del pragmaticista no dice nada de los experimentos aislados o de los fenómenos experimentales aislados (pues lo que es condicionalmente verdad en futuro difícilmente puede ser singular), sino que habla solamente de clases generales de fenómenos experimentales. Su adherente no se resta a hablar de objetos generales como reales, ya que cualquier cosa que sea verdad representa una realidad. Ahora las leyes de la naturaleza son verdaderas.

 

El significado racional de cada proposición descansa en el futuro. ¿Cómo así? El significado de una proposición es él mismo una proposición. En verdad, no es sino la proposición misma de la que cual ella es el significado: es una traducción de ello. Pero de las miríadas de formas en que puede ser traducida, ¿cuál es aquella que debe llamarse su significado mismo? Es, de acuerdo al pragmaticista, aquella forma en la que la proposición deviene aplicable a la conducta humana, no en estas o aquellas circunstancias especiales, ni cuando se toma en consideración este o aquel diseño especial, sino aquella forma que es más directamente aplicable al auto control bajo cada situación y para cada propósito. A esto se debe que él sitúe el significado en tiempo futuro; pues la conducta futura es la única conducta que está sujeta al auto control. Pero para que esa forma de la proposición que debe ser tomada como su significado sea aplicable a cada situación y a cada propósito con el que la proposición guarde alguna relación, debe ser simplemente la descripción general de todos los fenómenos experimentales que el aserto de la proposición virtualmente predice. Pues un fenómeno experimental es el hecho aseverado por la proposición de que la acción de una cierta descripción tendrá una cierta clase de resultado experimental; y los resultados experimentales son los únicos resultados que pueden afectar la conducta humana. Sin duda, una idea que no cambia puede llegar a influir en un hombre más de lo que lo había hecho; pero solo porque alguna experiencia equivalente a un experimento le ha hecho llegar su verdad más íntimamente que antes. Siempre que un hombre actúa con un propósito determinado, actúa bajo una creencia en un fenómeno experimental. Consecuentemente, la suma de los fenómenos experimentales que implica una proposición basan toda su relación sobre la conducta humana. Su pregunta, entonces, de cómo puede un pragmaticista atribuir cualquier significado a cualquier aserto que no sea aquel de ocurrencia singular está substancialmente respondida.

 

Entrevistador: Veo que el pragmaticismo es un fenomenismo completo. Solo que, ¿por qué debería uno limitarse a los fenómenos de la ciencia experimental en lugar de abarcar todas las ciencias de la observación? El experimento, después de todo, es un informante no comunicativo. Nunca se expía (sic: ¿extiende?): solo responde "si" o "no"; o más bien, generalmente suelta un brusco "¡No!" o, en el mejor de los casos, solo emite un gruñido inarticulado para la negación de sus "no". El experimentalista típico no es muy observador. Es al estudiante de historia natural a quien la naturaleza le abre el tesoro de su confianza, en tanto trata al experimentalista cuestionador con la reserva que él amerita. ¿Por qué debería su fenomenismo tocar la pobre arpa judía del experimento en vez de tocar el glorioso órgano de la observación?

 

Pragmaticista: Porque el pragmaticismo no es definible como "fenomenismo completo", aunque esta última doctrina puede ser un tipo de pragmatismo. La riqueza de los fenómenos yace en sus cualidades sensitivas. El pragmaticismo no intenta definir los equivalentes fenomenales de las palabras e ideas generales, sino, por el contrario, elimina su elemento sensible y se dedica a definir el sentido racional, y esto lo encuentra en la relación intencional de la palabra o proposición en cuestión.

Entrevistador: Bien, si usted elige esto para hacer que se hagan todos los principios y fines de la vida humana, ¿por qué no hace que el significado consista simplemente en hacer? El hacer tiene que ser hecho en un cierto tiempo sobre un cierto objeto. Los objetos individuales y los eventos singulares  cubren toda la realidad, como todos saben, y como un experto debería ser el primero en insistir. Aún así, su significado, como usted lo ha descrito, es general. Así, es la naturaleza de un simple palabra, y no una realidad. Usted mismo dice que su significado de una proposición es solo la misma proposición con otro traje. Pero el significado de un hombre práctico es la cosa misma que él quiere decir. ¿Cuál hace usted que sea el significado de "George Washington"?

 

Pragmaticista: ¡Palabras muy forzadas! Una buena media docena de sus puntos deben ser admitidos, ciertamente. Se debe admitir, en primer lugar, que si el pragmaticismo realmente hiciera que se cumplan todos los principios y fines de la vida humana, esa sería su muerte, ya que decir que vivimos por el simple amor a la acción, como acción, a pesar del pensamiento que conlleva, sería decir que no existe algo como el sentido racional. En segundo lugar, debe admitirse que cada proposición profesa ser verdadera acerca de un cierto objeto real individual, frecuentemente el universo ambiental. Tercero, debe admitirse que el pragmaticismo falla en proveer alguna traducción o significado de un nombre propio, u otra designación de un objeto individual. Cuarto, el significado pragmaticista es indudablemente general; y es igualmente indiscutible que lo general es de la naturaleza de una palabra o signo. Quinto, se debe admitir que los individuos solos existen; y sexto, se puede admitir que el significado mismo de una palabra u objeto significante debería ser la mismísima esencia de realidad de lo que significa.

Pero cuando, una vez que esas admisiones se han hecho sin reservas, encontramos al pragmaticista aún forzado muy honestamente a negar la fuerza de nuestra objeción, debemos inferir que hay alguna consideración que se nos escapó. Juntando las admisiones, se percibirá que el pragmaticista concede que un nombre propio (aunque no se acostumbra a decir que tiene un significado) tiene una cierta función denotativa peculiar, en cada caso, a ese nombre y sus equivalentes; y que concede que cada aseveración contiene tal función denotativa o pantomímica. En su individualidad peculiar, el pragmaticista excluye esto del sentido racional del aserto, aunque los semejantes, siendo comunes a todos los asertos, y por tanto, siendo generales y no individuales, pueden entrar en el sentido pragmaticístico. Cualquier cosa que exista, ex-siste, es decir, actúa realmente sobre otros existentes,  así es que obtiene una identidad propia y es definitivamente individuo. En cuanto a lo general, será de ayuda al pensamiento el notar que hay dos maneras de ser general.

Una estatua de un soldado en algún monumento pueblerino, con su sobretodo y su mosquete, es para cada una de las cien familias la imagen de su tío, su sacrificio por la Unión. Esa estatua, entonces, aunque es en sí misma única, representa a cualquiera de quien un cierto predicado pueda ser verdadero. Es objetivamente general. La palabra "soldado", ya sea escrita o hablada, es general en la misma manera; mientras que el nombre "George Washington " no lo es. Pero cada uno de estos dos términos permanece como uno y el mismo sustantivo, ya sea escrito o hablado y toda vez y en todo lugar en que sea hablado o escrito. Este sustantivo no es una cosa existente: es un tipo, o forma, a la cual los objetos, tanto aquellos que son existentes externamente como aquellos que son imaginados, puedan ser conformes, pero que ninguno de ellos lo será exactamente. Esto es generalidad subjetiva. El significado pragmaticístico es general en ambos sentidos.

En cuanto a la realidad, uno la encuentra definida de diversos modos; pero si ese principio de ética terminológica que se propuso fuera aceptado, el lenguaje equívoco desaparecería muy pronto. Porque realis y realitas no son palabras antiguas. Fueron inventadas para ser términos de la filosofía en el siglo trece, y el significado que se pretendió expresar con ellas está perfectamente claro. Que es real lo que tiene tal o cual carácter, tanto si alguien piensa que tiene esos caracteres o no. De todos modos, ese es el sentido en que el pragmaticista usa la palabra. Ahora, en tanto la conducta, controlada por razones éticas, tiende a fijar ciertos hábitos de conducta, su naturaleza (como para ilustrar el significado, hábitos pacíficos y no hábitos agresivos) no depende de circunstancias accidentales, y se puede decir que están destinadas en ese sentido; así, el pensamiento, controlado por una lógica experimental racional, tiende a la fijación de ciertas opiniones, igualmente destinadas, cuya naturaleza será la misma al final, sin importar cómo la perversidad del pensamiento de generaciones completas pueda causar la postergación de la fijación última. Si esto fuere así, como cada uno de nosotros virtualmente supone que es, en cuanto a cada materia cuya verdad discutimos seriamente, entonces, de acuerdo a la definición adoptada de "real", el estado de las cosas que serán creídas en esa opinión última es real. Pero, en su mayor parte, tales opiniones serán generales. Consecuentemente, algunos objetos generales son reales. (Por supuesto, nunca nadie pensó que todo lo general era real; pero los escolásticos solían suponer que lo general era real cuando escasamente tenían, o más bien no, evidencia experimental para apoyar sus suposiciones; y su falla está justo ahí y no en sostener que lo general podría ser real). Uno se asombra con la inexactitud del pensamiento aún de los analistas con poder, cuando se refieren a los modos de ser. Uno encontrará, por ejemplo, la presunción virtual de que lo que es relativo al pensamiento no puede ser real. ¿Pero por qué no, exactamente? El rojo es relativo a la vista, pero el hecho de que esto o aquello esté en esa relación con la visión que nosotros llamamos ser rojo, no es relativo a la vista en sí mismo; es un hecho real

Lo general no solo puede ser real, sino que también puede ser físicamente eficiente, no en todo sentido metafísico, sino en la acepción de sentido común en que los propósitos humanos son físicamente eficientes. Aparte de la tontería metafísica, ningún hombre cuerdo duda que si yo siento que el aire en mi oficina está enrarecido, ese pensamiento puede ser causa de que se abra la ventana. Mi pensamiento, concédase, fue un evento individual. Pero lo que lo llevó a tomar esa particular determinación, fue en parte el hecho general de que el aire enrarecido es malsano, y en parte otras Formas, concerniente a las cuales el Dr. Carus ha hecho que tantos hombres reflexionen con ventaja –o más bien, por las cuales, y la verdad general concerniente a la cual, la mente del Dr. Carus estaba determinada a la firme enunciación de tanta verdad. Pues las verdades, en promedio, tienen una mayor tendencia a ser creídas que las falsedades. Si fuera de otro modo, considerando las miríadas de falsas hipótesis que se pueden contar sobre cualquier fenómeno dado contra una sola verdadera (o si lo prefiere, contra cada verdadera), el primer paso hacia el conocimiento genuino debe haber estado muy cerca del milagro. Así, entonces, cuando se abrió mi ventana, debido a la verdad de que el aire enrarecido es malsano, se trajo a la existencia un esfuerzo físico por la eficiencia de una verdad general y no existente. Esto suena gracioso porque no es familiar; pero el análisis exacto está con ello y no contra ello; y tiene, además, la inmensa ventaja de no cegarnos ante los grandes hechos –tales como que las ideas "justicia" y "verdad" son, sin embargo, la iniquidad del mundo, la más poderosa de las fuerzas que lo mueven. La generalidad es, en verdad, un ingrediente indispensable de la realidad; pues la mera existencia o actualidad individual sin regularidad alguna es una nulidad. El caos es la nada pura.

Lo que asevera cualquier proposición verdadera es real, en el sentido de que es como es sin importar lo que usted o yo podamos  pensar de ella. Deje que esta proposición sea una proposición condicional general en cuanto al futuro, y es una generalidad real tal como se calcula realmente influenciar la conducta humana; y el pragmaticista sostiene que ese es el significado racional de cada concepto.

En consecuencia, el pragmaticista no hace que el summum bonum consista en la acción, sino que hace que consista en ese proceso de la evolución por el que lo existente llega cada vez más a dar cuerpo a esas generalidades para las que se decía recién estaba destinado, que es lo que procuramos expresar al llamarlas razonables. En sus estados superiores, la evolución tiene lugar cada vez más extensamente a través del auto control, y esto da al pragmaticista una suerte de justificación para hacer que el significado racional sea general.

 

Hay mucho más en la elucidación del pragmaticismo que podría decirse de provecho si no fuera por el temor a fatigar al lector. Habría estado bien, por ejemplo, mostrar claramente que el pragmaticista no atribuye ningún modo esencial diferente de ser a un evento en el futuro de aquel que atribuiría a un evento similar en el pasado, sino solamente que la actitud práctica del pensante hacia los dos es diferente. También habría estado bien mostrar que el pragmaticista no hace que las Formas sean las únicas realidades en el mundo más de lo que hace que el significado razonable de un mundo sea la única clase de significado que existe. Estas cosas están, sin embargo, implícitamente relacionadas con lo que se ha dicho. Hay solo una observación en cuanto a la concepción del pragmaticista sobre la relación de su fórmula con los primeros principios de la lógica, que necesitan que el lector se detenga.

 

La definición de aseveración universal de Aristóteles, que es comúnmente designada (como una bula papal o auto de una corte, desde sus palabras iniciales) como el Dictum de omni, puede ser traducida como sigue: "Llamamos aseveración (sea afirmativa o negativa) universal, cuando, y solo cuando, no hay nada entre los individuos existentes a los que el sujeto pertenece afirmativamente, sino al cual lo predicado no se referirá del mismo modo (afirmativa o negativamente, según si la aseveración universal es afirmativa o negativa)". El griego es: legomen de to kata pantos katêgoreisthai otan mêden hê labein tôn tou hupokeimenou kath' ou thateron ou lechthêsetai. Kai to kata mêdenos hôsautôs. Las importantes palabras "existentes individuales" se han introducido en la traducción (ya que el idioma castellano no permite aquí ser literal): pero es claro que existentes individuales era lo que Aristóteles quiso decir. Los otros desvíos de la literalidad solo sirven para dar formas modernas de expresión castellana. Por otra parte, es bien sabido que las proposiciones en la lógica formal van en pares, pudiendo las dos de un par ser convertibles en las otras mediante el intercambio de las ideas de antecedente y consecuente, sujeto y predicado, etc. El paralelismo va tan lejos que frecuentemente se considera perfecto; pero no es tan así. La pareja apropiada de esta suerte de Dictum de omni es la siguiente definición de aseveración afirmativa: Llamamos aseveración afirmativa (sea universal o particular) cuando, y solo cuando, no hay nada entre los efectos del sentido que pertenezcan universalmente al predicado (universalmente o particularmente, de acuerdo a si el predicado afirmativo es universal o particular) que no se diga que pertenecen al sujeto. Esta es substancialmente la proposición del pragmaticismo. Por supuesto, su paralelismo con el dictum de omnis será admitido solamente por alguien que admite la verdad del pragmaticismo.

 

Permítanme agregar una palabra más en este punto –pues, si uno se preocupa realmente en saber en qué consiste la teoría pragmaticista, debe comprender que no hay otra parte de ella a la que el pragmaticista agregue tanta importancia como al reconocimiento en su doctrina de la completa insuficiencia de la acción, o voluntad o aún de determinación o verdadero propósito, como los materiales con los cuales se construya un propósito condicional o el concepto de propósito condicional. Si se hubiera escrito alguna vez un artículo intencionado en cuanto al principio de continuidad y sintetizando las ideas de los otros artículos de una serie en los primeros volúmenes de The Monist, habría aparecido cómo, con cabal consistencia, esa teoría involucraba el reconocimiento de que la continuidad es un elemento indispensable de la realidad, y que la continuidad es simplemente lo que la generalidad llega a ser en la lógica de los relativos, y así, como la generalidad, y más que la generalidad, es un asunto del pensamiento y es la esencia del pensamiento. Así, aún en su truncada condición, un lector extra-inteligente podría discernir que la teoría de esos artículos cosmológicos hizo que la realidad consistiera en algo más que lo que el sentimiento y la acción podían proveer, considerando se demostró explícitamente que el caos original, donde se encontraban esos dos elementos, era la nada pura. Ahora bien, el motivo para aludir a esa teoría precisamente aquí, es que uno puede someter a una fuerte luz una posición que el pragmaticista mantiene y debe mantener, ya sea si esa teoría cosmológica es finalmente sustentada o refutada, es decir, que la tercera categoría –la categoría del pensamiento, representación, relación triádica, mediación, terceridad genuina, terceridad como tal– es un ingrediente esencial de la realidad, aunque no constituye realidad por sí misma, puesto que esta categoría (que en esa cosmología aparece como el elemento acostumbrado) no puede tener un estado concreto sin acción, como un objeto separado sobre el cual se pueda trabajar su dominio, tal como la acción no puede existir sin el estado de sentimiento inmediato sobre el cual actuar. La verdad es que el pragmaticismo es un cercano aliado del idealismo absoluto hegeliano, del cual, sin embargo,  está separado por su vigorosa negación de que la tercera categoría (que Hegel degrada a un mero estado de pensamiento) es suficiente para hacer el mundo, o es aún más que auto suficiente. Si Hegel, en vez de considerar los primeros dos estados con su sonrisa de desprecio, se hubiese mantenido en la idea de ellos como elementos independientes o distintos de la Realidad trina y una, los pragmaticistas lo habrían tenido como el gran vindicador de su verdad. (Por supuesto, los aderezos externos de su doctrina no son de mucha significación). Pues el pragmaticismo pertenece esencialmente a la clase de doctrinas filosóficas triádicas, y es mucho más esencialmente así que el hegelianismo. (En verdad, en un pasaje, al menos, Hegel alude a la forma triádica de su exposición como una simple vestimenta de moda).

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